2015: petrodólares, biodólares, bioeconomía. Cuánto cuesta un gen?

En 1973 el presidente Estadounidense Richard Nixon aseguró la cotización de petróleo crudo exclusivamente en dólares. A partir de entonces, la demanda garantizada de dólares fortaleció la moneda ya que cualquier país interesado en adquirir petróleo debía, en primer lugar, adquirir dólares. Dado que virtualmente todos los países del mundo requieren petróleo para satisfacer su demanda energética (especialmente aquella asociada con el transporte), el valor del dólar pudo garantizarse articulándosele directa y explícitamente a la extracción y comercialización de petróleo desde la OPEP. En en año 2000 se pudo detectar la primera fractura en este sistema cuando Iraq anunció su intención de comercializar petróleo en euros (ver acá), un hecho significativo dadas las importantes reservas petroleras del país, y que quizá precipitó el conflicto en 2003 para garantizar la estabilidad del dólar. La segunda fractura se pudo detectar en 2014 cuando Rusia y China acordaron un acuerdo comercial para la comercilización de gas natural por US$400 mil millones, a ejecutarse durante 30 años, y explícitamente dejando a un lado el dólar norteamericano.

2014 también marcó la entrada en rigor del Protocolo de Nagoya, un instrumento legal de la Convención de Diversidad Biológica. El objetivo número 1 del Protocolo es “la repartición justa y equitativa de los beneficios derivados de la utilización de recursos genéticos para contribuir a la conservación de la diversidad biológica y el uso sostenible de sus componentes.” El Procolo, firmado por 92 países y ratificado por 53, falla estrepitósamente: 41% de las especies de anfibios, 26% de mamíferos y 13% de aves están hoy amenazados, y nos dirigimos “inexorablemente hacia una extinción masiva.” Mucho peor, no solamente estaríamos subestimando el problema. Además, el panorama a corto plazo no promete mejoras, pese a las políticas administrativas implementadas para enfrentar la crisis.

Vale regresar al primer párrafo para definir la forma en la que ambos colapsos, económico y ecológico, están relacionados: el valor generado por conservar o acceder a la biodivesidad no puede competir con el valor generado por las actividades extractivas que conllevan la destrucción del capital natural, sobre todo en países megadiversos. La extracción y transferencia masiva de carbono, desde los depósitos en los que se encuentra secuestrado en forma de recurso fósil hacia la atmósfera, modifica hábitats a nivel local y global, e interfiere directamente con el metabolismo. En otras palabras, una economía que persigue crecimiento infinito acoplado a la destrucción sistemática del ecosistema no deja mucho espacio para la vida sobre la Tierra.

Considere ahora el contexto geopolítico, parcialmente ilustrado en la portada de la revista The Economist (Diciembre 6, 2014). Arabia Saudita apunta a mantener bajo el precio del barril de petróleo, que ya cayó de US$115 a US$70 desde tan solo Junio 2014. En este escenario, los objetivos del Protocolo de Nagoya se vuelven incompatibles con las realidades geopolítica y económica: si la transferencia de carbono subterráneo hacia la biósfera terrestre contribuye con la pérdida de la biodiversidad, un precio reducido del petróleo y/o una economía en recesión amenazan el recurso biodiversidad aun más agresivamente en dos formas: i) un precio reducido fomentaría el consumo de petróleo, y/o ii) justificar las regulaciones ambientales que buscan limitar la transferencia masiva de carbono hacia al atmósfera y la consecuente pérdida de la diversidad biológica (de especies adaptadas a  una concetración de CO2 menor a 400 ppm) se vuelve políticamente imposible.

En pocas palabras, alcanzar el objetivo principal de la Convencion de Diversidad Biológica es imposible mientras los reservorios de biodiversidad no puedan desplazar a los reservorios fósiles como generadores de actividad económica. Tal desplazamiento, a su vez, no tiene ningún incentivo en tanto el valor nominal de la economía (el dólar, por ejemplo) este articulado a la expansión de la economía fósil. El precio relacionado con el acceso y transferencia del recurso biodiversidad, con el objetivo explícito de generar biotecnología comercial, por ejemplo, es menor a aquel relacionado con el comercio extractivista que destruye el recurso biodiversidad en el corto y largo plazo.

La única respuesta es materializar urgentemente un sistema económico y productivo independiente de los recursos fósiles, y esa es precisamente una de las promesas de la biotecnología moderna. Vale especular acerca del efecto que tendría acoplar la valoración de la moneda (el bio-dólar, por ejemplo) con la generación de actividad económica a partir de la conservarción, no destrucción de la diversidad biológica. Análogamente a la forma en la que un geólogo genera valor extrayendo petróleo del suelo, un biólogo moderno puede extraer y aplicar información invaluable del recurso biodiversidad. Sin elaborar en el potencial de la biodiversidad como recurso económico, vale entonces evaluar el valor que la información como recurso adquiere, sobre todo en ciencias biológicas aplicadas y sobre todo a partir de la revolución genómica.

En tanto la información biológica, genes o genomas específicamente, carezca de valor, la economía generada a partir de conservación de la biodiversidad no puede competir con aquella derivada de su destrucción.

Sin elaborar en la complejidad asociada con adjudicar un valor monetario al recurso biodiversidad y con pocos antecedentes relevantes (Ver: Vogel, 1995), vale considerar la tendencia de los gigantes de la computación, Google, IBM, Microsoft, Intel y Amazon, hacia las ciencias biológicas aplicadas. Igualmente, vale considerar la experiencia de dos países de la cuenca amazónica, que constituye el reservorio global de biodiversidad y agua más grande. En Colombia, el Parque de la Creatividad y su proyecto Lycopene Biotech constituyen un experimento en biotecnología y propiedad intelectual a considerar. Mientras, el modelo bioeconómico de Brasil proyecta ya al país como una potencia biotecnológica y las implicaciones del tratado de Nagoya sobre ese sector se acaban de publicar.

Mientras las conversaciones entre Rusia y China continúan dentro de un contexto geopolítico con poquísimos precedentes, la materialización de una economía post genómica y post-petrolera que aproveche racionalmente nuestras impresionantes capacidades tecnológicas para proteger, conservar y aplicar el recurso biodiversidad a través de la biotecnología moderna requerirá transferir la generación de valor hacia la expansión de las emergentes bioeconomías.

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