Biología es tecnología

El bosque Amazónico en América del Sur constituye la colección más completa de genes y organismos en el planeta. Una colección de objetos naturales más grande que todas las colecciones de de todos los artefactos y diseños producidos por el hombre, y que representa un recurso invaluable durante la transición hacia una economía post-genómica, post-petrolera.

Para ilustrar un ejemplo consideremos el caso de la producción de medicinas.

En 2015, la Universidad de Stanford en California reporta la síntesis de opiáceos en levadura. Introduciendo los genes responsables de la síntesis de opiáceos en levaduras industriales, la síntesis del compuesto puede ejecutarse a escala industrial imitando la elaboración de vino o cerveza. Una levadura cervecera, por ejemplo, produce cerveza porque posee los genes requeridos para la fermentación alcohólica de azúcar. Modificando éstos y otros genes, la síntesis no sólo de medicinas sino también de otros compuestos, incluyendo aquellos cuya síntesis depende del petróleo, es posible.

Similarmente, en 2015 Autodesk de California reporta un modelo comercial que permite la producción de medicamentos en casa. Tal síntesis se basa en el cultivo a pequeña escala de organismos diseñados específicamente para sintetizar compuestos determinados. A diferencia de hoy, entonces, en el futuro ordenaríamos no las medicinas que necesitamos, sino los organismos capaces de producirlos de una manera descentralizada, a pequeña escala. Similares propuestas, todas apuntadas a terminar nuestra dependencia en recursos no renovables, existen para la producción de combustibles, fibras textiles, etc. etc. etc.

En pocas palabras, en el futuro produciríamos no a partir del petróleo, sino a partir de sistemas biológicos específicamente diseñados para producir independientemente del petróleo vino, cerveza, gasolina, medicamentos, ropa, plásticos biodegradables, casas, discos duros, etc. etc. etc.

El estudio y replicación de sistemas biológicos optimizados a lo largo de 4 mil millones de años de evolución es clave para el diseño de sistemas de producción petróleo-dependiente, y el bosque Amazónico de América del Sur representa la colección más completa de sistemas biológicos en el planeta.

Los marcos legales enfocados a regular el acceso e intercambio de recursos biológicos es desafortunadamente incoherente, no sólo con las tecnologías disponibles, sino con el ritmo aceleradísimo al cual éstas tecnologías se desarrollan. Luego de más de una década, el Protocol de Nagoya de la Convención de Diversidad Biológica no ha logrado ninguno de sus objetivos: ni la conservación de la biodiversidad, ni la distribución justa y equitativa de los beneficios derivados de su utilización. Una razón es la asignación de valor a recursos biológicos considerándolos “materiales” y no como “fuentes de información”. La analogía consistiría en estimar el valor de una biblioteca en base al peso de sus libros y no en base a la calidad de sus contenidos. En éste contexto, el bosque Amazónico, y todos otros sistemas biodiversos, contendrían “material genético” cuyo acceso e intercambio debe regularse ignorando completamente la información que contienen. Sin embargo, el valor de tal “material genético” radica prescisamente en la información que contienen y que sistemas de producción biológica pueden interpretar durante la síntesis comercial de productos hoy derivados del petróleo. Aún más, regulaciones que no solo son incapaces de conservar la biodiversidad además interfieren significativamente con el trabajo científico y el robustecimiento de las capacidades de investigación en países biodiversos. De una forma, el Protocolo de Nagoya ha logrado distribuir equitativamente los beneficios derivados de la biodiversidad haciendo casi imposible la investigación científica y reduciendo casi a cero los potenciales beneficios. Es la falta de beneficios lo que efectivamente se ha distribuido de forma igual entre investigadores, científicos y comerciales, y países biodiversos.

Esto al momento en el cual el concepto de “ciencia ciudadana” toma más y más fuerza. No sólo el precio de secuenciamiento de ADN ha caído espectacularmente, sino también el precio y complejidad de los protocolos y tecnologías requeridos para desarrollar tecnología renovable a partir del recurso biodiversidad. El concepto de “ciencia ciudadana” explícitamente busca transformar el diseño de organismos en algo que entusiastas de la propuesta pueden ejecutar sin mayor presupuesto. No se diga entonces de países como Ecuador, ubicado estratégicamente dentro de la cuenca del Río Amazonas y dotado de los recursos petroleros necesarios para proceder armoniosamente durante la transición hacia el fin de la Era del Petróleo. Estudiante Ecuatorianos, sin embargo, enfrentan penas de cinco o más años de prisión si a colección de “material genético” se efectúa sin permisos que personal administrativo no está en capacidad de evaluar y toma por lo tanto meses, sino años. Nuevamente, un cuerpo legal inapropiado ha logrado distribuir equitativamente, no los beneficios, sino la falta de ellos o mejor dicho la inabilidad de desarrollarlos.

No sólo en el potencial comercial de una fuente virtualmente inagotable de innovación biotecnológica radica el valor del bosque Amazónico. Su destrucción, consecuencia de la expansión petrolera, minera y agrícola, también pone fuera de servicio los sistemas de distribución de agua del planeta. Las sequías en California, y Brasil, dos de las economías más importantes del mundo, son consecuencia directa de la deforestación del Amazonas. Destruir el bosque Amazónico es quizás el último paso hacia la extinción de nuestra especie.

La Edad de Piedra no culminó por la falta de piedras sino debido al desarrollo de tecnologías más avanzadas. La Edad del Petróleo, similarmente, no va a terminar por la falta de petróleo. Para la producción comercial existe una alternativa mejor que imita la forma en la que sistemas naturales procesan materiales y energía. Este sistema puede imitarse y expandirse para cambiar radicalmente la industria y economía, ambos basados en sistemas lineares de producción que empiezan con la extracción de materia prima del medio ambiente y terminan en el tacho de la basura. “Basura”, entonces, es un concepto humano inexistente en la naturaleza. Todos los elementos de la tabla periódica circulan dentro de la biósfera sin existir acumulación de desechos.

La transferencia de carbon secuestrado bajo tierra durante millones de años, hacia la atmósfera, en menos de unas cuantas generaciones, sabemos ya no es una buena idea. El crecimiento infinito dentro de un planeta con límites es la fantasía de locos y economistas. Tenemos la tecnología y el conocimiento para conservar y producir mejor en un mundo que compartimos con nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

Homo sapiens significa Hombre Sabio, no es hora ya de hacerle justicia a nuestro nombre colectivo?

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