La contaminación interna y externa

La expansión de la industria petrolera, el desarrollo del motor de combustión interna, la masificación del automóvil y el nacimiento de la industria petroquímica son hitos que generalmente asociamos con la evolución lógica de Homo sapiens, “Hombre sabio” en latín.

El “hombre sabio”, armado de un intelecto y habilidades incomparables dentro del mundo animal, encontró en la disponibilidad conveniente de energía y materiales el pretexto perfecto para consagrarse como amo de su entorno y considerarse ajeno al mundo natural. La tarea divina del “hombre sabio” sería entonces abrirse paso hacia la cúspide del mundo natural. Dentro de su mente, Homo sapiens dibujó una línea que lo separaría del agua, el aire, el suelo, y todos los seres vivos a los cuales debía dominar ejerciendo majestad suprema. En la disponibilidad de petróleo conveniente, el “hombre sabio” se autoproclamó deidad. Suyos serían durante los próximos 100 años la energía y los materiales, y a su antojo el “hombre sabio” los desplegó hasta dominar el átomo y el ADN.

Como ningún otro organismo, el “hombre sabio” elaboró un sistema intelectual complejísimo,  con elementos discretos que son la base de la economía y las ciencias. Basadas en la objetividad de números que no pueden debatirse, y escudado en cálculos y fórmulas matemáticas, el “hombre sabio” supo cultivar y justificar pasiones que comparte con el resto de animales. Extrayendo y refinando hidrocarburos, producto de (miles de) millones de años de fotosíntesis, el “hombre sabio” inventó y comercializó moléculas, organismos y máquinas inspirados en el mundo natural pero con pocos análogos en él.

La contaminación externa

El crecimiento económico se articuló explícitamente con la extracción de hidrocarburos que se convertirían en plásticos, combustibles y otros enseres para el consumo humano. Tras la línea imaginaria que dibujó entre él y su entorno, el “hombre sabio” encontró un refugio que lo protegería de la industrialización desenfrenada. El aire mortal de Reino Unido a finales de 1800, los ríos en llamas de los Estados Unidos en la década de 1960, el boom petrolero en Ecuador a partir de la década de 1970, los centenares de miles de kilómetros cuadrados de basura plástica en el Pacífico Norte, y la contaminación masiva de mega ciudades como México D.F., Beijing y Nueva Delhi hoy se consideran sacrificios necesarios en nombre del progreso. Frente a aquellos impactos negativos, la línea imaginaria que lo separaría del mundo natural, protegería al “hombre sabio”.

Siempre sería alguien más – el tercer mundo, las sociedades en vías de desarrollo, las especies en peligro de extinción, etc., siempre sería alguien más quien experimentara los impactos negativos de una industrialización desenfrenada. La extracción y procesamiento de hidrocarburos para el consumo humano, con consideraciones comerciales cómo único parámetro de evaluación, se convirtió en sinónimo de “progreso”. Sin embargo, nuestro impacto es tal, que nos amerita una era geológica – el Antropoceno.
En la mente del “hombre sabio”, Homo sapiens, progreso y dominio de la Tierra…

La contaminación interna

Los hidrocarburos son inflamables, lo que es esencial para impulsar el trabajo que realiza un motor de combustión interna. Estos motores consisten en una multitud de piezas metálicas en constante fricción, y para extender su vida útil e incrementar su desempeño se requieren lubricantes. Estos lubricantes, por otro lado, deberían ser idealmente no combustibles ya que tal flamabilidad amenazaría no solo al motor sino a sus usuarios. Para obtener las propiedades lubricantes de un hidrocarburo sin la correspondiente flamabilidad, la reacción entre hidrocarburos y gases halógenos produciría lubricantes no combustibles.

La halogenación de hidrocarburos se presentó como un milagro de la ciencia y tecnología. Intercambiando átomos de hidrógeno por átomos de flúor, cloro y bromo en hidrocarburos naturales, las características de las nuevas moléculas obtenidas abrirían las puertas al desarrollo de aplicaciones comerciales potencialmente infinitas. Desde pesticidas como el DDT, hasta el ácido perfluorooctanoico (PFOA) requerido para la síntesis de teflón, los hidrocarburos halogenados han sido, hasta el momento, la innovación estrella. Pese a que existen algunos análogos naturales de éstos compuestos, los ciclos ecológicos que los descomponen son pocos, y por lo tanto, éstos se acumulan no sólo tras las líneas que el “hombre sabio” dibujó para refugiarse, sino dentro de ellas, en el cuerpo humano mismo. Como la basura al borde de los ríos, los hidrocarburos halogenados se acumulan en la sangre que baña el cuerpo de todos los vertebrados. Desde la Antártica hasta el Amazonas, los hidrocarburos halogenados están presentes en la sangre de todos los seres vivos que han sido estudiados. Sin embargo, pese a que sabemos que éste tipo de contaminación interna existe, empezando en la concepción uterina y la leche materna, y pese a que sabemos que tales compuestos interfieren con el metabolismo celular, la medicina moderna ignora casi completamente ambos aspectos.

Desde el punto de vista de la medicina moderna, la contaminación interna no existe.

La extinción humana?

Al momento, Homo sapiens produce más de 100.000 químicos y se estima que 2.000 se agregan cada año. Existe incertidumbre en cuanto al número exacto porque ningún organismo está cargo de monitorear su uso o su toxicidad. No más de un centenar de los compuestos químicos a los que estamos expuestos a diario han sido sujeto de estudios toxicológicos. No existe garantía de que el uso de éstos compuestos químicos, a la escala a la cual los utilizamos, no provoca daños a la salud ambiental o humana. No es inconcebible, entonces, que enfermedades desconocidas hace un par de generaciones y que hoy alcanzan proporciones epidémicas, puedan asociarse con una exposición crónica a compuestos tóxicos.

La línea imaginaria del “hombre sabio”, entonces, no existe: los procesos y compuestos químicos que asociamos con el progreso contaminan no solo el ambiente externo sino también nuestro cuerpo.

Especulemos entonces que enfermedades desconocidas hace un par de generaciones son el resultado de un entorno que cambia a un ritmo mucho más acelerado que el del cuerpo humano.

Qué medidas puede tomar el hombre sabio para abandonar la ignorancia y conquistar un futuro saludable?

Si los ambientes interno y externo del cuerpo humano cambian más aceleradamente que los mecanismos necesarios para detoxificarlos, cómo detoxificar la Tierra y el cuerpo humano a tiempo?

No podría el mundo natural, nuevamente, ofrecer respuestas?

No podríamos encontrar en la biodiversidad genética la información necesaria, no sólo para detoxificar el ambiente, sino para producir sosteniblemente, sin depender de recursos no renovables?

El hombre sabio admira en un estrechísimo espejo su dominio del planeta Tierra, ignorando el precio (no económico) de tal espectacular progreso. A sus espaldas yacen ambientes devastados y especies extintas. Agobiado por enfermedades desconocidas, en un planeta que ninguno de sus antepasados conoció, abandonará el “hombre sabio” la lógica y se embarcarcará aceleradamente en la recta final del suicidio colectivo?

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